Alegaciones al anteproyecto de modificación de la ley del suelo

El Gobierno de la Comunidad de Madrid prepara para un nuevo boom inmobiliario tramitando con carácter de urgencia una modificación más de la ley del suelo, en pleno estado de alarma, con todos los plazos suspendidos por el confinamiento.

¿Nos ayudas a difundir? Tenemos hasta el martes 2 de junio para petarles el buzón de alegaciones.

Descarga en este enlace el modelo para presentar las alegaciones, es fácil y rápido.

https://www.inquilinato.org/wp-content/uploads/2020/05/ALEGACIONES-modif-Ley-Suelo-mayo2020-OK-2.docx

La necesidad de luchar contra un mundo ‘virtual’

Mucha gente habla del «día después», de todo lo que hará falta hacer y conseguir después del coronavirus. Pero, más allá de las enfermedades y duelos personales, ¿en qué estado colectivo nos dejará todo esto? ¿En qué estado psicológico? ¿En qué Estado político? ¿Con qué hábitos relacionales? En este texto, iniciativa del colectivo francés Écran total y del Grupo de Investigación Transdisciplinar sobre Transiciones Socioecológicas (GinTRANS), se señala el riesgo de que una parte de los buenos propósitos para el día después estén siendo ya de facto neutralizados por la aceleración en curso de los procesos de informatización. Por ello, propone un boicot masivo y explícito a las diferentes aplicaciones móviles que, bajo la premisa de la lucha contra la covid-19, van a suponer la instalación efectiva de un seguimiento generalizado de la población. En el texto se muestra cómo este tipo de aplicaciones son el ejemplo paradigmático de nuestra fascinación ante la tecnología y nuestra dependencia total de ella. Fascinación y dependencia que garantizan la perpetuación del orden político existente, del experimento masivo con la salud de población, sin garantía sanitaria alguna, que implica el incesante aumento de las radiofrecuencias de microondas y de nuestra trayectoria de destrucción ecológica.

Desde la perspectiva sanitaria todavía seguimos sin entender muy bien qué está pasando, y resulta difícil saber con precisión hacia dónde nos dirigimos. Es probable que haga falta bastante tiempo para desentrañar todos los misterios de la epidemia de la covid-19. Es más, la incertidumbre que rodea su origen, su difusión y su letalidad seguirá siendo inescrutable hasta que deje de atacar a tantos países de manera simultánea. Por desgracia, nadie parece saber cuándo llegará esa anhelada paz. A partir de ahora, si queremos continuar adelante con nuestras vidas, no debemos ni sobrestimar ni subestimar a la epidemia en tanto tal.

En contraste con la incertidumbre anterior, lo que sí nos parece bastante claro es que esta crisis sanitaria puede suponer un punto de inflexión que dé lugar a la aparición y estabilización de un nuevo régimen social: un régimen basado en todavía más miedo y aislamiento, un régimen aún más desigual que ahogue toda libertad. Si hacemos el esfuerzo de lanzar este llamamiento es porque creemos que lo anterior sólo es una posibilidad y que se presentarán oportunidades de impedirlo. Pero mientras que las simples ciudadanas y ciudadanos como nosotros aquejamos fuertemente la fragilidad de nuestra existencia frente a la amenaza del virus y de un confinamiento prolongado, el orden político y económico en vigor, sin embargo, parece estremecerse y fortalecerse al mismo tiempo en mitad de este terremoto. Es decir, se nos presentacomo frágil y, al mismo tiempo, extremadamente sólido en lo tocante a sus expresiones más «modernas», es decir, las más socialmente destructivas.

Sin duda a casi nadie se le escapa que los gobiernos de muchos países han aprovechado la situación actual para paralizar durante un tiempo indeterminado protestas que, en muchos casos, eran muy fuertes y llevaban activas meses. Pero lo que no resulta menos alarmante es cómo las medidas de distanciamiento social y el miedo al contacto con el otro que ha generado la epidemia se hallan en poderosa sintonía con las principales tendencias de la sociedad contemporánea. De hecho, dos de los fenómenos que la crisis sanitaria ha acelerado hacen plausible pensar en un posible tránsito a un nuevo régimen social sin contacto humano, o con el menor número posible de contactos y regulados por la burocracia: el aterrador aumento del poder de las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC) sobre nuestras vidas; y su corolario, los proyectos de seguimiento digital de la población amparados en la necesidad de limitar el número de contagios de covid-1.

“Quédate en casa”… usando Internet y sin cuestionar los riesgos para la salud de los dispositivos inalámbricos

Desde los primeros días del confinamiento estuvo claro que uno de los efectos sociales inmediatos de la pandemia, en España y en Francia, sería una profundización de nuestra dependencia de la informática y de los dispositivos inalámbricos (móvil, WiFi, Bluetooth, etc.) Y eso que, al ritmo al que iban las cosas, ¡parecía difícil que pudiera acelerar aún más! Sin embargo, el confinamiento obligatorio en los hogares ha hecho que, para muchos, las pantallas se hayan convertido en casi la única manera de mantener el contacto con el mundo: el comercio digital ha explotado, de hecho hasta la organización de redes locales de aprovisionamiento de verduras y productos frescos ha dependido en muchos casos de internet; el uso de videojuegos ha alcanzado niveles estratosféricos; las consultas de «telemedicina» han aumentado exponencialmente (pese a que lo único que ofrecen es una simple conversación telefónica); también la continuidad de la docencia reglada se ha hecho pasar por el ordenador, ignorando todas las voces médicas que recomiendan limitar la exposición de los niños a las pantallas y a las radiofrecuencias de microondas; y, por último, muchos miles de personas están teletrabajando –se acabó lo de «metro-curro-catre», la cosa se ha quedado en «de la cama al ordenata», «en la cama con la tablet» o «en el catre con el ordenata».

Por supuesto, los grandes medios de comunicación no encuentran nada preocupante en esta reducción masiva de todas las actividades humanas a una sola. Todo lo contrario, cuanto más dependa una iniciativa solidaria de una web, una plataforma virtual o un grupo de mensajería, más la aplauden. De hecho, animan a que cada cual acepte resignadamente que la única opción es tomar el aperitivo juntos pero solos, «por» Skype, y hasta han sido capaces de encontrar a creyentes deseosos de comulgar en Semana Santa a través de una pantalla.

Esta intensa campaña de promoción de la vida digital no produce, sin embargo, alarma alguna en el ámbito del pensamiento: nadie parece encontrar preocupante la informatización total del mundo y el aumento de la exposición continuada a las radiofrecuencias. A ambos lados de los Pirineos, periodistas, economistas y hombres de Estado nos instan a romper nuestra dependencia de la industria china en sectores como el médico o el textil. Pero su deseo de independencia nacional no suele llevarles a inquietarse por el hecho de que todo el sector de las TIC dependa de las minas y las fábricas asiáticas, muy a menudo de instalaciones industriales gigantescas cuya «relocalización» resulta difícil concebir. Se alzan otras voces que van más allá de la crítica a la globalización del comercio y reivindican un cambio profundo en «nuestro modelo de desarrollo». Sin embargo, lo más habitual es que pasen por alto el papel central de lo digital en dicho modelo y que, por tanto, no señalen que poco cambiará en materia de precariedad social y ecología si continuamos haciendo todo a través de internet y expuestos a los cada vez más insostenibles niveles de radiación de los dispositivos inalámbricos.

En lo que respecta al presidente Macron, sus intervenciones más recientes han hecho repetidamente referencia al Consejo Nacional de la Resistencia y su espíritu de compromiso social. Sin embargo, en la práctica su proyecto de hacer de Francia una start-up nation nunca se ha detenido. Por el contrario, ha experimentado un salto cualitativo. Algo similar podríamos decir del gobierno de coalición PSOE-Podemos. Sus reiteradas referencias a los Pactos de la Moncloa y al espíritu social de la Constitución no han impedido que el proyecto de digitalización de la sociedad, que desempeñó un papel central en el discurso de investidura de Pedro Sánchez, se mantenga intacto. Esta nueva era de trabajo virtual es la más propicia para rematar la ofensiva contra los y las trabajadoras asalariadas que se puso en marcha bastante antes de la llegada del coronavirus: destrucción masiva de puestos de trabajo por la aparición de nuevas aplicaciones, plataformas y robots; reducción del trabajo relacional, sustituido por respuestas automatizadas gobernadas por algoritmos; pérdida de sentido en el trabajo según éste va siendo progresivamente sustituido por absurdas rutinas burocráticas; aumento de la explotación y debilitamiento de la capacidad de resistencia de las y los trabajadores, que cada vez se encuentran más aislados.

De este modo, el confinamiento ha supuesto una oportunidad inigualable para dirigirse todavía más rápidamente al objetivo que, en Francia, marcaba al plan de Acción Pública 2022: sustituir todos los servicios públicos por portales online. Como ya se ha podido comprobar con el cierre de las ventanillas físicas en las estaciones de tren, esta digitalización acelera la privatización de los servicios públicos al transferir el trabajo antes presencial a plataformas comerciales caracterizadas por sus prácticas opacas y responsables de la creación masiva de perfiles usando los datos de los usuarios. Esta transformación supone, además, una exclusión violenta de los usuarios poco o nada conectados –hasta una quinta parte de la población, en la que se incluyen las personas mayores, las más vulnerables económicamente y las recalcitrantes. Tiende a obligar a sectores de la población en vías de empobrecimiento masivo a comprar en ocasiones tantos equipos informáticos «básicos» (PC, smartphone, impresora, escáner…) como miembros de la familia. Esta transformación, en suma, nos empuja hacia un mundo profundamente deshumanizado y kafkiano.

«La digitalización de todo lo que puede ser digitalizado es el medio del que se ha dotado el capitalismo del siglo XXI para poder seguir abaratando costes […]. Retrospectivamente, es posible que esta crisis sanitaria aparezca como un momento de aceleración de la virtualización del mundo, como el punto de inflexión de la transición desde el capitalismo industrial al capitalismo digital. Y, por tanto, de su corolario: el hundimiento de las promesas humanistas de la sociedad [de servicios]». Este análisis de sentido común no proviene de un enemigo acérrimo del neoliberalismo que expresara su rabia ante las decisiones tomadas en los últimos cuarenta años bajo la presión de los medios empresariales. Viene, en cambio, de un economista de centro-izquierda que forma parte del Consejo asesor del periódico Le Monde. Una declaración así basta para comprender que, si es cierto que se está desarrollado una «doctrina del shock», el centro de la misma está frente a nuestras narices: la intensificación de la digitalización de la vida cotidiana y económica. 

Nos parece, por tanto, que resulta más que legítimo hablar de una doctrina del shock digital, en el sentido de que la crisis sanitaria ha sido la oportunidad perfecta para reforzar nuestra dependencia de las herramientas informáticas y desarrollar muchos proyectos económicos y políticos previamente existentes: docencia virtual, teletrabajo masivo, salud digital, Internet de las Cosas, robotización, supresión del dinero en metálico y sustitución por el dinero virtual, promoción del 5G, smart city… A esa lista se puede añadir los nuevos proyectos de seguimiento de los individuos haciendo uso de sus smartphones, que vendrían a sumarse a los ya existentes en ámbitos como la vigilancia policial, el marketing o las aplicaciones para ligar en internet. En conclusión, el peligro mayor al que nos enfrentamos no es que las cosas «se queden como estaban», sino que vayan a bastante peor.

¿Cuándo China despierta en nuestro interior?

Ya casi nadie duda de que la salida del confinamiento, o la “desescalada” paulatina, en muchos Estados europeos va a suponer la puesta en marcha de nuevos dispositivos de vigilancia a través de los smartphones. Si tenemos en cuenta que al miedo de enfermar se le suma ya el hastío y la imposibilidad económica de seguir confinados durante meses, lo anterior no puede ser considerado más que un enorme chantaje de los gobiernos al conjunto de la población.

Percibamos la dimensión del timo: en un contexto de grave penuria de instrumentos básicos en la lucha contra el contagio (carencia de suficientes mascarillas y batas en los hospitales, escasez de sanitarios y de camas y, para colmo, poquísimos test de detección disponibles), se nos ofrece en su lugar un invento de ciencia ficción: aplicaciones para la detección digital de la transmisión del coronavirus. Aunque sigue sin asegurarse un apoyo económico masivo y estructural a los hospitales públicos para que puedan hacer frente a una crisis que ha venido para quedarse, sin embargo no se duda en atravesar un nuevo Rubicón en el rastreo sistemático de los desplazamientos y las relaciones sociales, por ahora únicamente de aquellos que den su consentimiento explícito. Los resultados médicos de esta estrategia son más que dudosos, en cambio las consecuencias políticas no dejan lugar a dudas.

El hecho de saberse continuamente vigilado es fuente comprobada de conformismo y sumisión a la autoridad, incluso cuando no se vive en una dictadura. Desde el gobierno nos aseguran que los datos recogidos por las aplicaciones de seguimiento de las personas infectadas por la covid-19 serán primero anonimizados y posteriormente destruidos. Sin embargo, basta con leer la parte de las memorias de Edward Snowden donde éste habla de la vigilancia virtual para darse cuenta de que nadie puede garantizar algo así. Es más, un vistazo a la historia reciente de la tecnología muestra que los dispositivos liberticidas que se introducen en tiempo de crisis casi nunca desaparecen: si se extienden a gran escala, y bajo la égida del Estado, las aplicaciones de seguimiento se quedarán y será muy difícil impedir que se extiendan al conjunto de la población. Basta con pensar en la identificación a través del ADN, que en Francia se instaló a finales de los años 1990 como reacción frente a una serie de crímenes sexuales y de la que los ministros de la época afirmaban que siempre se mantendría limitada a criminales de alto nivel. Hoy en Francia cuando a uno lo arrestan por quedarse más de lo debido en una manifestación la identificación a través del ADN es casi automática. Es más, quizá bastaría con reflexionar sobre un punto básico: no tenemos la menor idea de cuánto durará este episodio pandémico en el que llevamos sumidos desde comienzos de marzo, ¿seis meses, tres años, más aún?

Sea como fuere, esta crisis ha venido atravesada por la idea de que para encontrar modelos realmente eficaces en la lucha contra el coronavirus es necesario dirigir la atención hacia Asia en general, y hacia China en particular. En Francia los medios de comunicación y los políticos hacen sobre todo referencia a Corea del Sur, Taiwán o Singapur, donde la hipermodernidad tecnológica no se asocia (con o sin razón) al despotismo político. En España, sin embargo, el estallido de la crisis sanitaria fue testigo de cómo algunos de los principales periódicos del país se preguntaban abiertamente si la «democracia» no era un lastre que condenaba a una lucha ineficaz contra el virus. Al mismo tiempo, algunos «camisas viejas» del liberalismo hacían expresa su admiración por el autoritarismo chino high tech y su efectividad: geolocalización de teléfonos móviles, sistemas de calificación social alimentados por los datos que los ciudadanos vuelcan constantemente en internet, reconocimiento facial, uso de drones teledirigidos para vigilar y sancionar a la población. Este cambio de mirada es uno de los elementos clave del cambio de rumbo que estamos quizá viviendo: durante décadas nos hemos acostumbrado a leer nuestro futuro con las lentes que nos ofrecían los cambios en la sociedad norteamericana. Hoy, de manera súbita, parece que es la China post-maoísta la que define nuestro destino, ella que ha sido capaz de hacer un uso sin complejos de las innovaciones de Sillicon Valley.

El crecimiento de la tecnología únicamente puede ser fuente de colapsos ecológicos y sanitarios

Por lo pronto la decisión de las autoridades políticas europeas de hacer un uso masivo de aplicaciones de seguimiento a través de smartphone como medida de control de la covid-19 no es más que una forma de bluff. Una suerte de medida de acompañamiento psicológico que tiene sobre todo como fin el dar la impresión de que se toman medidas, que los gobiernos son capaces de hacer algo, que tienen ideas para poner la situación bajo control. Sin embargo, en países como los nuestros o como Italia, es evidente que no controlan nada. Por el contrario, lo que vemos es que gobiernos de toda Europa se doblegan a las exigencias patronales de vuelta al trabajo y reactivación de la economía, lo que hace todavía más urgente sacarse de la chistera alguna aplicación mágica, la única medida con la que parecen contar para proteger a la gente.

De hecho, para lo que sirven dispositivos como la geolocalización digital es para garantizar el mantenimiento de una organización social patológica, pretendiendo al mismo tiempo limitar el impacto de la epidemia que actualmente sufrimos. El seguimiento del coronavirus tiene como objetivo preservar (por ahora) un tipo de mundo donde nos desplazamos demasiado, para nuestra salud y para la de la Tierra; donde trabajamos cada vez más lejos de casa, cruzándonos en el camino con miles de personas que no conocemos; donde consumimos los productos de un comercio mundial cuya escala excluye cualquier posibilidad de regulación moral. Lo que los promotores de la geolocalización buscan preservar no es, prioritariamente, ni nuestra salud ni nuestro «sistema de salud», sino la sociedad de masas. De hecho, una sociedad de masas aún más profunda, en el sentido en el que los individuos que la componen estarán todavía más aislados y encerrados sobre sí mismos por culpa del miedo y la tecnología.

Ahí donde la pandemia actual debería incitarnos a transformar radicalmente una sociedad en la que la urbanización desbocada, la contaminación del aire, la contaminación electromagnética y el exceso de movilidad pueden tener consecuencias incontrolables, sin embargo el desconfinamiento gestionado a través del big data amenaza con hacernos profundizar todavía más en ella. La emergencia de la covid-19, como las de otros virus desde el año 2000, está estrechamente vinculada para muchos investigadores con la desforestación. Ésta genera contactos imprevistos entre diversas especies animales y seres humanos. Otras investigaciones apuntan a la ganadería intensiva de concentración, saturada de antibióticos mutágenos. Decir que la respuesta a la covid-19 tiene que ser tecnológica, como leemos en muchísimos medios, es continuar con la huida hacia adelante de una lógica de dominio y control de la naturaleza ilusoria y, como muestra cada día la crisis ecológica, condenada al fracaso. El impacto de la industria de las TIC sobre los ecosistemas es ya insostenible: además de los riesgos para la salud de la población y los demás seres vivos, la industria de las TIC ha ha creado una auténtica fiebre de los metales que devasta algunas de las zonas mejor conservadas del planeta, se apoya sobre una industria química especialmente contaminante, engendra montañas de residuos y, debido a la multiplicación de los data center y al aumento permanente del tráfico en internet, obliga a las centrales eléctricas a funcionar a toda máquina. Éstas emiten ya una cantidad de gases de efecto invernadero equiparable a la asociada al tráfico aéreo.

Más aún, el modo de vida conectado, sobre todo en su aspecto inalámbrico, es globalmente nocivo para nuestra salud. Adicciones, dificultades relacionales y de aprendizaje entre los más pequeños, pero también electrosensibilidad: se estima que 1.500.000 personas (3% de la población), el 90% mujeres, padecen en España enfermedades de sensibilización central (fibromialgia, síndrome de fatiga crónica, sensibilidad química múltiple y sensibilidad electromagnética). Además, cada vez más investigaciones identifican estas enfermedades emergentes como enfermedades neurológicas producidas por estrés oxidativo celular relacionado con factores ambientales (productos químicos y ondas electromagnéticas). Unas cifras que invitan a poner en marcha investigaciones profundas para comprender cómo aparecen y actúan. A lo anterior hay que sumarle la posibilidad, contemplada por la OMS, de que las ondas electromagnéticas artificiales sean cancerígenas. Ante las evidencias de los vínculos establecidos entre tumores de corazón en ratas y ondas 2G/3G por el National Toxicology Program de los EEUU en 2018, la ausencia de un consenso científico total, sólo ha servido para liberar de su responsabilidad a la industria de la telefonía móvil que, acogiéndose a la incertidumbre, justifica una huida hacia adelante sin aplicar nunca el principio de precaución.

Por último, en la primera línea de la doctrina del shock desplegada por los gobiernos, se encuentra la simplificación de la instalación de antenas de retransmisión, contra las que muchos vecinos y asociaciones vienen luchando (alegando sus posibles efectos sobre la salud). En Francia, la Ley de urgencia del 25 de marzo de 2020 permite la instalación de antenas sin aprobación de la Agencia Nacional de Radiofrecuencias. Al mismo tiempo, la explosión del uso de internet ligada al confinamiento justifica en muchos lugares, sobre todo en Italia, continuar el desarrollo de la red 5G. En España, aunque vivimos un parón momentáneo, todo apunta a que el proyecto se retomará con nuevo ímpetu al final de este mismo año. Mientras que investigadoras, científicos, ciudadanas y ciudadanos del mundo entero llevan años oponiéndose a esta innovación, la prensa corre un velo sobre esta inquietud recubriéndola de noticias sobre una cuestionable vinculación entre la extensión de la covid-19 y las ondas del 5G. Las GAFAM (Google, Amazon, Facebook, Apple y Microsoft) han llegado incluso a eliminar gran cantidad de publicaciones virtuales que llamaban la atención sobre los efectos de esta nueva etapa de intensificación de los campos electromagnéticos artificiales. Sin embargo, esas inquietudes son perfectamente legítimas: por un lado, porque desplegar una fuente de contaminación electromagnética que va a multiplicar por dos todas las fuentes ya existentes sin conocer a ciencia cierta sus efectos es una aberración desde el punto de vista del principio de precaución. Por otro, porque un peligro absolutamente comprobado del 5G es que está destinado a servir de base para la extensión de los objetos interconectados, los coches automáticos y, en general, una sociedad hiperconsumista cuyos efectos sociales, sanitarios y ecológicos son insostenibles.

Frenar la escalada

Si quisiéramos resumir la situación podríamos decir que los tecnócratas de todo el mundo pretenden protegernos del coronavirus hoy acelerando un sistema de producción que ya compromete nuestra supervivencia en el futuro presente. Es absurdo, además de estar destinado al fracaso.

Lo que hace falta no son tecnologías que nos hagan más irresponsables, decidiendo por nosotros dónde podemos ir y qué podemos hacer. Lo que necesitamos es ejercer nuestra responsabilidad personal y colectiva para luchar contra las flaquezas y el cinismo de los dirigentes. Necesitamos construir desde la base, y con ayuda de epidemiólogos, médicos y sanitarios, reglas de prudencia colectiva razonables y sostenibles a largo plazo. Y para que estas inevitables restricciones tengan sentido, no sólo necesitamos saber en tiempo real el estado de las urgencias. Necesitamos una reflexión colectiva y consecuente sobre nuestra salud, sobre los medios necesarios para protegernos de las muchas patologías ligadas a nuestra forma de vivir: los futuros virus, pero también los factores de «co-morbilidad» como el asma, la obesidad, las enfermedades cardiovasculares, la diabetes y, por supuesto, el cáncer.

Lo que esta crisis saca de nuevo a la luz es el problema de la dependencia de un sistema de aprovisionamiento industrial que saquea el mundo y debilita nuestra capacidad de oponernos de manera material y concreta a las injusticias sociales. Desde nuestro punto de vista, el único modo de garantizar nuestra capacidad de alimentarnos, cuidarnos y cubrir nuestras necesidades básicas en las crisis que están por venir es hacemos colectivamente cargo de nuestras necesidades materiales, desde la base y en alianza con muchos de los y las profesionales hoy responsables de dichas tareas. Y para ello resulta imprescindible comprender que la informatización se opone frontalmente a esa necesaria construcción de autonomía: la digitalización se ha convertido en la piedra angular de las grandes industrias, de las burocracias estatales, y en general de todos los procesos de administración de nuestras vidas que se rigen por las leyes del beneficio y el poder.

Se ha vuelto habitual escuchar que en algún punto de esta crisis será necesario pedir cuentas a los dirigentes. Y, como es habitual, no faltarán las reclamaciones en materia de dotación presupuestaria, de abuso patronal y bancario o de redistribución económica. Sin embargo, junto a estas indispensables reivindicaciones, tienen que venir otras que o partan de nosotros mismos o se obtengan mediante la lucha contra quienes hoy están tomando las decisiones. Al menos si queremos poder conservar nuestra libertad, es decir, si queremos conservar la posibilidad de combatir contra las lógicas de la competencia y la rentabilidad, y construir un mundo donde el miedo al otro y la atomización de la población no se instalen de manera indefinida.

1. Durante las últimas semanas se ha hecho habitual que muchas personas dejen sus smartphones en casa cuando salen. Llamamos a la generalización de este tipo de gestos y al boicot de las aplicaciones públicas y privadas de seguimiento digital. Más allá de lo anterior, invitamos a todas y todos a reflexionar profundamente sobre la posibilidad de abandonar su teléfono inteligente y reducir en gran medida su uso de la tecnología inalámbrica. Volvamos, por fin a la realidad.

2. Llamamos a la población a informarse sobre las consecuencias económicas, ecológicas y sanitarias del despliegue de la red 5G y a oponerse activamente al mismo. Más aún, invitamos a todas y todos a informarse sobre las antenas de telefonía móvil que ya existen cerca de su casa y a oponerse a la instalación de nuevas antenas transmisoras.

3. Llamamos a una toma de conciencia de los problemas asociado a la digitalización en curso de todos los servicios públicos. Uno de los desafíos en el periodo post-confinamiento (¿o en los periodos entre confinamientos?) será lograr que la atención presencial siga disponible, o vuelva a estarlo, en ciudades y pueblos, en estaciones de tren, en la Seguridad social, en las administraciones locales, etc. Merecería la pena luchar por la defensa del servicio postal (esencial, por ejemplo, para la circulación de ideas más allá del mundo virtual) y la conservación de un servicio de teléfono fijo que funcione bien y sea independiente de la contratación de internet.

4. Otra batalla crucial para el futuro de la sociedad es el rechazo de la escuela digital e inalámbrica. La crisis que estamos atravesando se ha aprovechado para normalizar la educación a distancia a través de internet, y sólo una reacción contundente de profesores y familias podrá impedir que se instale definitivamente. Pese a que la escuela es susceptible de críticas desde muchos puntos de vista diferentes, estamos convencidos de que estas últimas semanas se habrá hecho evidente para muchos que sigue teniendo sentido aprender juntas y que es muy valioso para los más pequeños estar en contacto con maestros y maestras de carne y hueso.

 5. La economía no está ni ha estado nunca paralizada, por lo que tampoco deberían estarlo los conflictos sociales. Apoyamos a todas las personas que han sentido su integridad en riesgo, desde un punto de vista sanitario, en su puesto de trabajo habitual o durante sus desplazamientos. Sin embargo, queremos también llamar la atención sobre los abusos y el sufrimiento que acompañan al marco del teletrabajo a domicilio. Algunos llevamos años denunciando la informatización del trabajo, y nos parece evidente que la extensión del teletrabajo forzado es un proceso al que tenemos que oponernos a través de nuevas formas de lucha y boicot.

6. Es muy probable que, desde el punto de vista económico, los meses siguientes puedan ser terribles. Es posible que vivamos un empobrecimiento masivo de la ciudadanía, al igual que no deberíamos descartar colapsos bancarios y monetarios. Frente a estos peligros, es necesario que pensemos en cómo vamos a comer y cómo vamos a cultivar las tierras que nos rodean, cómo nos vamos a integrar en las redes de aprovisionamiento de proximidad y, sobre todo, en cómo extender lo anterior para que esté al alcance de la mayoría de la población. De igual modo deben ser cuestiones prioritarias el garantizar la supervivencia de las y los agricultores que producen comida sana cerca de donde vivimos y el apoyo a todos los nuevos que decidan instalarse. Lo que hemos dicho anteriormente explica por qué creemos que recurrir a la alta tecnología no puede en ningún caso ser una solución humana y perenne.

7. Por último, todo apunta a que en los próximos meses nos va a tocar defender maneras de poder encontrarnos físicamente, inventar o retomar espacios de discusión pública en estos tiempos difíciles en los que se darán muchas batallas decisivas. Sin duda, todo lo anterior tendrá que hacerse con la idea en mente de minimizar los riesgos de contagio. Pero la vida digital no puede ser un sustituto permanente de la vida real, y los sucedáneos de debate que hoy se realizan por internet no podrán nunca reemplazar la presencia en carne y hueso y el diálogo de viva voz. Cada cual debe reflexionar desde este momento sobre el modo de defender el derecho de reunión (reuniones de vecinos, asambleas populares, manifestaciones), sin el cual los derechos políticos son imposibles y sin el cual es imposible construir una posición de fuerza, imprescindible para dar existencia a cualquier tipo de lucha.

Fuente:https://ctxt.es/es/20200501/Firmas/32143/riechmann-yayo-herrero-digitalizacion-coronavirus-teletrabajo-brecha-digital-covid-trazado-contactos.htm

Una intrahistoria de España.

22 de febrero; 12.00 horas. Local de la Asociación Vecinal de Zarzaquemada
INTRAHISTORIA DEL FRANQUISMO es un proyecto de la Vocalía de Transiciones y Cultura de la Asociación Vecinal de Zarzaquemada por el que se trata de narrar la vida cotidiana durante el franquismo a través de la memoria de los testimonios de quienes vivieron ese tiempo. A partir de la representación de dos pequeñas piezas de José Sanchis Sinisterra, Primavera 39 y El topo dedicadas a la destrucción de la República y de la experiencia de aquellos que se ocultaron durante años para no ser detenidos, se realiza un coloquio en el que se comparten lo que se vivió las décadas de los años 40 y 50.
PRIMAVERA 39 de JOSÉ SANCHIS SINISTERRA. Cía. Noctámbulas. Con M Mar Gómez Aragón, Alicia Martínez Martínez. Dirección: Elisa Valle. Técnico de luces y sonido: Verónia Molina. EL TOPO de JOSÉ SANCHIS SINISTERRA. Cía. Noctámbulas. Con Elena Burgos Pastor y Ricardo García Pérez. Dirección: Elisa Valle. Técnico de luces y sonido: César de Vicente.

Por un barrio más limpio¡

Desde hace ya un tiempo, Leganés y más concretamente nuestro barrio,  está lleno de suciedad, las bolsas de basura se acumula junto a los buzones sin que los responsables municipales hayan puesto los mecanismos necesarios para solventar el problema.
Para saber qué está pasando y ver soluciones, te esperamos el próximo 16 de diciembre a las 18:30  en el C.C. Julián Besteiro, a un acto informativo organizado por la Asociación Vecinal de Zarzaquemada, y en el que contaremos con la presencia de los responsables municipales en este tema.
Os esperamos!

Taller de Escritura Creativa

El próximo sábado 14 de diciembre, a las 11,30h  en  el local de la asociación vecinal de Zarzaquemada,  calle Panadés, 12- posterior ( frente a la puerta principal de Pedroches) tenemos la gran oportunidad de asistir al taller de Escritura Creativa dirigido  a jóvenes y adultos, e impartido por Noelia Isidoro Calle
Os esperamos!

Mujeres y menores podrán bajarse de los autobuses nocturnos fuera de las paradas establecidas

24 NOVIEMBRE 2019 / El consejero de Transportes, Movilidad e Infraestructuras de la Comunidad de Madrid, Ángel Garrido, ha asegurado que el Consorcio Regional de Transportes autorizará que mujeres y menores puedan bajar de los autobuses nocturnos fuera de las paradas establecidas en el itinerario para mejorar la seguridad.

El consejero ha anunciado que este sistema de ‘paradas a demanda’ se aplicará en cuatro municipios de la zona Sur de Madrid (Fuenlabrada, Leganés, Valdemoro y Pinto) para que estos usuarios puedan “acortar su recorrido y por tanto proporcionarles una mayor seguridad”.

La medida se pondrá en marcha previsiblemente después de las fiestas de Navidad, según ha revelado en una entrevista concedida a Europa Press.

Nueve medidas en defensa de la Infancia en Leganés

Siguiendo con las reivindicaciones que de forma continuada la Comisión Ciudadana del Menor viene planteando ante los organismos oficiales véase ayuntamiento y Comunidad de Madrid, volvemos a solicitar de los mismos que se cumplan las medidas de protección a la infancia que desde esta Comisión venimos exigiendo de forma reiterada. Estas medidas son las siguientes:

La FRAVM hace públicas las alarmantes cifras del juego en Madrid

Un informe elaborado por el sociólogo Vicente Pérez Quintana muestra que 61 locales de apuestas se encuentran a menos de cien metros de distancia de centros escolares de primaria o secundaria en la capital

La Federación de Asociaciones de Vecinos de Madrid ha hecho públicas esta semana las conclusiones del primer diagnóstico sobre casas de apuestas en la capital, una de las principales preocupaciones sociales que afectan a los entornos urbanos y que resulta especialmente visible en Madrid. Los datos han sido recopilados en un informe elaborado por el sociólogo Vicente Pérez Quintana y publicado en el portal stopcasasdeapuestas.com tras un amplio trabajo de campo en el que han participado los colectivos de barrio que forman parte de la organización. Tal y como ha explicado el propio Pérez Quintana, en las últimas semanas las asociaciones vecinales han recorrido sus distritos para identificar los locales de apuestas y de juego que en estos momentos se encuentran activos, así como aquellos que hoy están cerrados, no han llegado a abrir o acogen otros negocios pero que se encuentran en el Censo de locales del Ayuntamiento de Madrid con la categoría de “juegos de azar y apuestas de gestión privada”.

Según este mapeo, en la actualidad Madrid tiene 400 locales de juego y apuestas activos, el 75% de los cuales está controlado por dos grandes empresas, Codere y Sportium, que cuentan con 148 establecimientos cada una. “Paradójicamente esta especie de duopolio no ha despertado el celo de la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia, tan pronta a intervenir cuando los ayuntamientos y las comunidades autónomas intentan poner freno a determinadas prácticas económicas llamadas “colaborativas”, sostiene Pérez Quintana en el informe. Sportium es propiedad del fondo buitre Blackstone, el mismo que se hizo con 1.860 de viviendas sociales de la Empresa Municipal de la Vivienda y Suelo en 2013 por un precio de auténtica ganga. Otros tres fondos se reparten la propiedad de Codere junto a la familia Martínez Sampedro: Silver Point, Prudential PLC y Abrams Capital.

El presidente de la FRAVM, Quique Villalobos, y una de las responsables del Grupo de Trabajo de Locales de Apuestas de la federación y miembro de la Asociación Vecinal Puente de Vallecas-San Diego, María José García Berral, han acompañado en su presentación a Pérez Quintana, que también es responsable de Urbanismo y Vivienda en la organización ciudadana. Precisamente San Diego, lugar de residencia de García Berral, es junto a Vista Alegre (Carabanchel) el barrio administrativo que acumula la mayor concentración de locales de apuestas de la ciudad: ambos tienen 21. Por detrás se sitúan Sol, con 20, y luego, con más de 7 locales pero a bastante distancia, Moscardó (Usera), Aluche (Latina), Bellas Vistas (Tetuán), Embajadores (Centro), Palos de Moguer (Arganzuela) y Quintana (Ciudad Lineal). 3,1 es la media de locales por barrio existente en la ciudad, y 37 de sus 131 barrios administrativos no tiene ni uno solo.

La distribución de estos inmuebles en el municipio no es nada homogénea: la mayoría se halla dentro de la margen occidental de la almendra central y en los barrios del sur próximos a la M-30. En posiciones periféricas hay pocos. Si ponemos el foco en el ámbito distrital, el 61% de los establecimientos se encuentra en Carabanchel (48 locales), Puente de Vallecas (44), Tetuán (35), Centro (31), Usera (32), Latina (27) y Ciudad Lineal (27). Se identifican por tanto fuertes aglomeraciones en seis zonas: Aluche-Vista Alegre-San Isidro, Moscardó-Almendrales, San Diego-Numancia, Sol, Bellas Vistas y Quintana, lugares donde sobresalen determinadas calles comerciales y sus entornos. Es el caso de la calle Bravo Murillo, que acumula 17 locales, Alcalá (15), Marcelo Usera (12), General Ricardos (10) o la avenida de la Albufera, con 8 establecimientos.

En general, y esto es algo exportable a toda la ciudad, las empresas de apuestas eligen para abrir sus negocios zonas de gran actividad comercial y afluencia de público, muy pobladas y de alta densidad. Pero aparte de esta relación fundamental con los ejes comerciales y espacios de aglomeración, ¿qué otras variables inciden en la localización de los locales de juego de gestión privada? En su estudio, de 60 páginas, Pérez Quintana utiliza una hipótesis clara: “las casas de juego son negocios en el sentido más estricto del término. Como tales, la estrategia de localización deberá responder a dos fuerzas: por una parte, el acercamiento a la demanda actual y potencial y, por otra parte, la reducción de los costes de implantación. En la medida en que ambas se contradigan, se formarán soluciones de compromiso, intermedias”.

En este marco introduce varias variables socioeconómicas y demográficas que cruza con la distribución de los locales por barrios. La primera es la renta media de los hogares. “La gran mayoría de los barrios que se hallan por encima de la renta media municipal o no tienen casas de juego o a lo sumo localizan 1 o 2. En cambio, la mayoría de los barrios que están por debajo de la media municipal tienen 3 o más. Más de la mitad de los barrios con 3 o más establecimientos se clasifican en los dos intervalos más bajos de la escala de rentas”, puede leerse en el documento. Es decir, estos negocios predominan en los barrios en los que la renta media de los hogares está por debajo de la media municipal. De ahí su acusada presencia en la zona sur, junto a Tetuán y Quintana.

Por otro lado, se cumple que los barrios “con menor intensidad del desempleo tienen pocas casas de juego y apuestas, mientras que éstas se concentran en los barrios con tasas altas y medias de desempleo”. Si atendemos al nivel de estudios de la población, “hay pocos locales en los barrios en que la población adulta tienen un alto nivel de estudios acabados y, al revés, hay muchos en los barrios en los que el nivel de estudios es bajo”. Hay que aclarar, sin embargo, que el grado de asociación de esta variable “no es fuerte en tanto que también hay muchos barrios con bajo nivel de estudios y pocos locales y al revés, barrios con nivel medio o alto y muchos locales”.

La correlación entre población de origen extranjero y zonas concentración de locales es, en cambio, muy notable. “A mayor proporción de extranjeros más locales, si bien igualmente ocurre que hay barrios con pocos extranjeros y muchos locales y viceversa. La mayoría de los barrios con ningún local o a lo sumo 1-2 tienen proporciones bajas de inmigrantes, mientras que la mayoría de los barrios con 7 o más locales tienen proporciones altas”, como sucede con Bellas Vistas, Quintana, Moscardó, Almendrales o Vista Alegre.

Por otro lado, las zonas que acumulan las mayores concentraciones de estos negocios “son barrios con precios de las viviendas -euros por metro cuadrado- más económicos que en el resto de la ciudad, con la excepción de los más céntricos (distritos de Centro, Chamberí y, en parte, Tetuán)”, señala el responsable de Vivienda y Urbanismo de la FRAVM en el estudio.

En resumen, parece que las empresas de apuestas buscan para ubicar sus negocios “zonas en las que la localización sea más barata y, al tiempo, zonas en las que la población residente tiene un nivel adquisitivo inferior a la media y un estatus social menos privilegiado, si bien por encima de los barrios más vulnerables”.

Locales de apuestas y centros educativos

Uno de los aspectos de los locales de juego y las casas de apuestas que más preocupa a la ciudadanía es su cercanía respecto a los centros de enseñanza por el efecto que puedan ejercer sobre el alumnado. El Decreto 42/2019 del Consejo de Gobierno de la Comunidad de Madrid da una nueva redacción al artículo 34 del Reglamento de Juego, regulando que cualquier establecimiento ha de estar a una distancia no inferior a 100 metros respecto de los colegios en que se impartan enseñanzas regladas y obligatorias (primaria o secundaria). Según los datos de la Comunidad de Madrid, en la capital hay 863 colegios públicos y privados que imparten primaria y/o secundaria. En esa cifra se incluyen, además de los colegios, los institutos, los centros de educación especial y los centros extranjeros en España. En este marco, el estudio identifica 53 colegios con locales dentro del radio de los 100 metros, un 6,1% del total de centros. Los locales “mal colocados” suman 61.

Pero, “el caso más preocupante y sobre el que merece la pena enfatizar la atención es el de la distancia respecto de los centros de secundaria. La regla de los 100 metros parece muy tímida”, sostiene Vicente Pérez Quintana. “Casi la totalidad de los establecimientos está a menos de 500 metros, es decir, operan en un entorno próximo. A partir de 100 metros, la progresión de centros con establecimientos próximos crece muy aprisa. Si es un 10% el paquete de locales con un instituto o centro de secundaria a menos de 100 metros, la proporción sube a un 25% en el siguiente escalón (150 metros) y a un 42% en el tercero (200 metros). Bastante más de la mitad de los locales de juego y salones de apuestas están a menos de 250 metros, esto es, a menos de 3 minutos” de un centro de secundaria.

Diferentes licencias

Para establecer el universo del estudio se ha partido del listado de establecimientos con el epígrafe 920002 en el Censo de Locales del Ayuntamiento de Madrid, que comprende los juegos de azar y apuestas de gestión privada. En el trabajo de campo las asociaciones vecinales han visitado las 378 direcciones de esa lista oficial a fin de verificar la actividad. Ello ha permitido depurar el listado eliminando los locales en los que esta no se corresponde con el epígrafe o en los que no hay actividad alguna (viviendas, solares…). En paralelo, se ha peinado buena parte de la ciudad a fin de identificar aquellos establecimientos en los que se practican juegos de azar y/o apuestas pero que figuran con otro epígrafe en el Censo o incluso que no están (o no ha sido posible hallarlos) en él. Estas incorporaciones, un total de 74, han sido fotografiadas y rastreadas en el Censo a fin de acotar la actividad dada de alta. En la mayoría de los casos se corresponden con los epígrafes 920001 (“juegos de azar y apuestas de gestión pública”) y 932007 (“salones de recreo, diversión y otras actividades recreativas”), aunque también se han detectado locales que funcionan con meras declaraciones responsables o licencias que nada tienen que ver con la actividad de apuestas (bar, restaurante, ferretería,…).

El informe elaborado por la FRAVM incluye también un “somero repaso de la localización de los establecimientos en otras grandes ciudades españolas (Barcelona, Valencia, Málaga, Sevilla, Bilbao y Zaragoza)”, que confirma la tendencia del predominio de ubicaciones centrales, no periféricas, vinculadas a zonas comerciales, como en el caso de Madrid. Esta situación se repite en las otras grandes ciudades de la Comunidad de Madrid.

Por último, el estudio incluye una batería de propuestas para regular de manera más adecuada, y restrictiva, el fenómeno de los locales de apuestas en la región. Tal y como expuso Quique Villalobos durante la presentación del informe, la FRAVM demanda en la ciudad de Madrid “una moratoria de la apertura de nuevos locales mientras se aprueba el plan de regulación de usos” similar a la aprobada por el Ayuntamiento de Barcelona. Otras reivindicaciones son conocidas, y la FRAVM lleva meses defendiéndolas junto a los colectivos de afectados por la ludopatía.

Family Life (1971) de Ken Loach: la familia como policía y el psiquiátrico como cárcel

En 1971, el conocido cineasta Ken Loach dirigió la película Family Life. Su estreno coincidía con uno de los momentos más importantes de la antipsiquiatría, un movimiento plural que cuestionaba los enfoques y diagnósticos que la psiquiatría hacía sobre determinados comportamientos, desligándolos de su contexto social. La historia de Janice es narrada como efecto de dos instituciones represivas: la familia y el manicomio y no como patológico del sujeto.

La sesión que hemos organizado desde la Asociación Vecinal de Zarzaquemada para el jueves 10 de octubre, a las 18.30 horas, se compone de una breve introducción a la película, la proyección de la misma en su idioma original (inglés) con subtítulos en castellano (120’ aproximadamente) y un breve coloquio final.

Los cuestionamientos del discurso psiquiátrico pueden servir para iniciar una indagación sobre qué es salud mental, qué hacen nuestras sociedades con nuestras cabezas y qué podemos hacer para transformarlo.

Más información:

Family Life (1971) de Ken Loach: la familia como policía y el psiquiátrico como cárcel. 

Con 80 años en el cuerpo, de los cuales ha dedicado 52 años a la dirección de cine y televisión, Ken Loach ha recorrido un largo trecho. Debido a sus ideas socialistas, el cineasta inglés se ha hecho conocido por sus recurrentes temáticas sociales como la violencia de Estado (The Irish Route), las luchas sindicales (Bread and Roses), la realidad de la extrema pobreza (Cathy Come Home), la opresión de Gran Bretaña (The wind that shakes the barley) y por supuesto la guerra contra el fascismo (Land and Freedom, también conocida como Tierra y Libertad). Ésta última es la película más apreciada entre les anarquistas, pues además de situarse en la Guerra Civil de España, critica a las brigadas internacionales por su ideología estalinista.

Family Life, en cambio, no es una cinta que apele a ideales clásicos izquierdosos como la lucha de clases o reivindicaciones obreras. Aquí se denuncia la psiquiatría como herramienta para la normalización social y la mismísima familia como estructura de opresión.

El precedente televisivo

Uno de los tantos afiches de «Family Life».

Si bien Family Life fue lanzada en 1971, su origen se remonta a algunos años más atrás. A mediados de los años ’60, se estrenó en el canal BBC de Inglaterra un programa llamado The Wednesday Play (La Obra del Miércoles), el cual semana tras semana presentaba distintas historias dramáticas que giraban en torno a temas sociales y contingentes que rara vez se mostraban en televisión abierta. El programa buscaba dar cabida a escritores y directores emergentes ansioses de plasmar una realidad tantas veces evadida en los grandes medios, y sus diversas historias fueron ampliamente discutidas por el público televidente de la época llegando algunas veces hasta la controversia. Entre el equipo se encontraba el entonces novato Kenneth Loach (más tarde adoptaría el nombre de Ken Loach) quien llegó a dirigir diversos capítulos del programa, incluyendo la ya mencionada Cathy Come Home de 1966. En su emisión del 1 de marzo de 1967, el programa presentaría una obra llamada In Two Minds (En Dos Mentes), escrita por David Mercer y dirigida por Ken Loach. La historia hablaba de Kate, una joven mujer que ante la presión de su padre y madre de adaptarse a la sociedad, comienza a exhibir comportamientos impulsivos y es enviada a un hospital psiquiátrico para tratar su «enfermedad». In Two Minds estaba altamente influenciada por las ideas de R. D. Laing, quien sostenía que la esquizofrenía carecía de bases orgánicas y era causada por el entorno inmediato de una persona, como por ejemplo, la familia. Tanto R. D. Laing como su colega David Cooper (autor del libro Psiquiatría y Antipsiquiatría) sirvieron como consultores del episodio.

La recepción del capítulo fue positiva entre el público, pero entre psiquiatras fue distinto ya que consideraron que más que esquizofrénica, la protagonista se encontraba en un estado de depresión e histeria. Más allá de esta apreciación, In Two Minds cala hondo en la emocionalidad ya que, además de ofrecer un retrato cercano de la incomprensiva familia de Kate, el estilo visual del director atrapa al espectador con insistentes tomas en primer plano de los personajes; ya sea de la angustiada Kate, de la escandalizada madre o del condescendiente personal hospitalario. Esto se sumaba a la tendencia de filmar gran parte de las historias del programa The Wednesday Play de manera tan auténtica que resultaba difícil recordar que eran personajes ficticios, y no personas reales grabadas en un documental periodístico.

La nueva adaptación

«Nos haces sufrir a todos, a ti… ¡Eres una chica malvada, muy malvada! ¡No perteneces a esta familia!»

Ken Loach siguió dirigiendo algunos capítulos más para el programa, hasta que éste comenzó a declinar en sus índices de audiencia y por decisiones ejecutivas cambió de formato y nombre. Fue entonces que Loach comenzó a dirigir películas para el cine, y en 1971 se estrenó de su mano Family Life (Vida Familiar), una nueva adaptación de In Two Minds y que incluso contó con el escritor de la historia original, David Mercer.

En esta nueva versión se presenta a Janice, una chica joven que teniendo una personalidad que no encaja con la aburrida vida de clase media es incapaz de mantener una vida laboral estable. Ante la constante presión de su madre y su padre para ajustar su comportamiento a lo que dicta una conservadora sociedad, Janice comienza a colapsar tornándose introspectiva y emocionalmente inestable.

Al salirse del formato televisivo, Family Life se permite extender su duración y tomarse mayor tiempo en desarrollar la historia. Mientras en In Two Minds la narración se realizaba principalmente a través del diálogo de los distintos personajes con un psiquiatra tras las cámaras, Family Life se da el lujo de seguir a Janice en sus actividades cotidianas, ofreciendo así un retrato mucho más íntimo. La estructura de la trama además dista de ser lineal: la cinta inicia con Janice conversando con un psiquiatra quien, al igual que el psiquiatra tras las cámaras de In Two Minds, no busca el tratamiento farmacológico sino comprender las causas de su comportamiento. Paralelamente a estas entrevistas, que incluyen interacciones entre la madre y el padre con el médico, se van mostrando los distintos episodios que vivía Janice antes de que sus progenitores decidieran consultar con un médico.

«- Creo que deberían ejercer un mayor control sobre la generación más joven.
– ¿Cree que el control es la respuesta?
– Creo que sí.
– Una cosa que le pasa a Janice es que cree que está siendo controlada.
– Para mí, es muy difícil de asimilar esto, doctor, porque ahora dice que es culpa de los padres.»

De esta manera no solo se presenta el conflicto entre la estructura familiar y el individuo, sino también las distintas maneras de hacer frente a los síntomas de quiebre interno en una persona sobrepasada por las exigencias cotidianas. Más allá del cuestionamiento de si la psiquiatría es una disciplina de opresión por sí misma (una discusión necesaria), se pueden apreciar en la película dos tenencias claramente diferenciadas en el tratamiento de pacientes psiquiátricos: por un lado una corriente relativamente nueva en aquella época que privilegiaba la comunicación entre el paciente y sus cercanos; y por otro lado, la corriente clásica de la psiquiatría que busca la recuperar la funcionalidad del individuo al servicio de la sociedad lo antes posible (y en el caso de fallar, recurrir a la medicación forzada del paciente para al menos así neutralizar el peligro de su comportamiento). Pero es en el intento de comunicación donde surgen las claves del choque entre la individualidad y lo que dicta la sociedad.

En muchas de las películas de Ken Loach los momentos más importantes pareciesen ser las escenas de discusión grupal, y en la temprana Family Life parece haber un pequeño preludio de esta práctica que se repetiría a lo largo de su carrera. La breve escena muestra diversos pacientes sentados cómoda y desordenadamente en una acogedora habitación expresando sus ideas libremente, mientras el doctor escucha atentamente interviniendo rara vez en la discusión y solo con el fin de dar su opinión personal. En ese momento, una de las chicas toma la palabra para dar, entre risas, su opinión sobre la absurda naturaleza moral de los diagnósticos mentales:

Si dicen que eres mala, la única manera de ser buena es al decir que eres mala, coincidiendo en que eres mala. Por ende, eres buena al ser mala, porque al menos admites que eres mala. Pero si dicen que eres mala, y no estás de acuerdo con que eres mala, entonces estás condenada a ser mala, ¡y eso si que es malo!

A pesar de su intención transformadora, de denuncia incluso, Family Life no es una película muy optimista. Sin revelar mucho, se puede decir que es una película agotadora emocionalmente, en la que la figura de la madre puede empujarte a la desesperación. Tampoco ofrece una visión positiva sobre la clase media, que en su tedio y agotamiento anímico ha llegado a asimilar su aburrida inercia cotidiana como una parte intrínseca de su vida, incapaz de concebir otra realidad. Y aunque hay obras que buscan despertar la inspiración a través de gestas heroicas, no es éste el caso. Pero a lo mejor es imprescindible a veces desnudar la realidad sin adorno alguno, y mirar el monstruo directamente a los ojos. En un mundo acostumbrado a los disfraces, esto de por sí puede ser una terapia de shock. [Redacción: Editorial y Distro Antiautoritaria].